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Una medida del tiempo

Un suspiro. Esa, la medida de tiempo que hoy en el mundo es la de mayor aplicación. Es que no hay ya nada que dure. La duración extendida no es una opción, a excepción de algunas obras de música contemporánea que llevan en el fondo un grave rumor largo, largo, que por lo general terminará en una serie audiovisual que la haga digerible, amable, necesaria. Es uno más de los ejemplos en los que la industria hace pasar de contrabando en las percepciones de os consumidores, cosas que no pondrían por voluntad propia a la hora de almuerzo, en un domingo familiar. A nadie, casi nadie, se le ocurriría decir, escuchen, esto es lo última de música de parciales.

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Ocasionaría un desbande, un campo de lanzamiento de arroz y otras guarniciones, un todos contra todos que salve solo el consenso, una música conocida, repetida, predecible, atendible, de fondo, de supermercado, de farmacia, de campamento holístico alternativo mix de asuntos de la India, los Cherokees, la Amazonía y otras yerbas. Ya nada dura desde las decisiones humanas. Un atardecer en la ciudad de los ladrillos sigue durando lo que duraba en el siglo pasado durante las balaceras del Laikakota, lo que cambió sin vuelta, es que se ha perdido la contemplación, el estado de la espera, de la quietud. Una mujer frente a un atardecer, un adolescente frente a una bandada de pájaros, un jugador del equipo en condiciones de descender, frente a una tribuna llena, no van a conseguir un tiempo de observación, reflexivo, buscador. Intentarán al contrario, pasar el dedo índice por el aire, para intentar apurar al mundo, pasar la página, subirla imaginariamente para que cambie, a otra cosa, a otra realidad, a otro mundo simbólico. Pasa con la imagen, pasa con el sonido, pasa con las emociones. Ya no duran.

Una margarita deshojada, al ritmo de me quiere no me quiere, ahora debe tener dos pétalos para cumplir con la velocidad de los amores del siglo, eso es ahora, un para siempre. Dos pétalos contados con suspiros. Se mide con suspiros a las promesas inverosímiles del candidato a los poderes de cualquier Estado, como también a las que hacen las candidatas para hundir a sus colegas de las ciudades oscurecidas por la imaginación adolescente del escritorastro. Se mide con suspiros la lealtad, haciendo, por supuesto, una venia a las excepciones. A esas en las que la lealtad es una fortaleza contra todo ataque de traiciones y desplantes y silencios y mentiras y pretextos y desapariciones y reproches y lecciones de moral con toda inmoralidad. Esas, fortalecidas por el tiempo, no se miden en suspiros, sin embargo son escasas, como las trufas, valiosas, como los diamantes de algún lugar del África, necesarias, como las arvejas en el saice.

En medio de los apuros, se busca, sin embargo, la permanencia. Y la permanencia dura un golpe de dedo, dura una aprobación, un insulto, un símbolo pequeño para evitar la escritura. La permanencia, esa que no dejó de ser nunca el propósito de los seres humanos, en mayor o en menor cantidad, con mayor o menor calidad. La permanencia, que es fundamentalmente, la duración de las cosas dichas, de las cosas cantadas, subidas a un escenario, marcadas en un campo de batalla, firmadas en una ley, escritas para siempre, en una combinación de palabras elegidas para repetirse, para siempre, un para siempre que no es un suspiro.

(*) Óscar García es compositor y escritor

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