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Ramón K-Chopo, habla de su relación con los jugadores del Barça: "Sin embargo, te llaman por tu nombre. Y quieras o no, ahí es cuando tú empiezas a decir 'hostia, si este tío se acuerda de mi nombre'"

Ramón Batalla recuerda, en una entrevista para Sport, que K‑Chopo no nació como un restaurante, sino como una consecuencia inevitable de su propia historia. Durante años vivió sin detenerse a valorar el camino recorrido, sin ser consciente del sufrimiento acumulado para llegar a donde está. "Yo he llegado a tener la luz pinchada, no me avergüenza decirlo", confiesa. Fueron épocas durísimas: nóminas que no podía pagar, jornadas interminables y una gestión que se fue llenando de agujeros hasta explotar.

El punto de inflexión llegó cuando entendió que el problema era él mismo. Su desconocimiento y la falta de herramientas para gestionar el negocio lo llevaron a culpar a los demás. Hasta que la vida lo frenó de golpe: ruina absoluta, dudas sobre si podría abrir al día siguiente y una vergüenza que aún recuerda. La catarsis llegó con la visita de un profesional que le propuso una carta basada en su origen asturiano. Ramón, incrédulo, respondió: "Eso es una mierda. Eso no vende". Pero aceptó porque ya no quedaba margen de error.

El nacimiento de K‑Chopo y el golpe de la pandemia

El 8 de enero de 2020 decidió transformar Cal Ramón en K‑Chopo. Dos meses después llegó el cierre por la pandemia. Ramón estuvo días sin salir de casa, hundido, hasta que recibió una llamada que lo sacó del pozo: Virgi, del Prat, le propuso cocinar para personas vulnerables. Aun con su propio "embolado", aceptó.

Cuando reabrieron, la cola era interminable. Solo estaban él y la cocinera que había sacado del ERTE, incapaces de asumir más personal porque no había dinero. La gente venía por el cachopo, y cada euro servía para pagar deudas, invertir en maquinaria y comprar producto. Ahí empezó todo.

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Ramón K-Chopo en una entrevista para el diario Sport
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Lo que antes era un sistema arcaico se ha convertido en un obrador con cinco personas dedicadas exclusivamente a los cachopos. Además, ahora suministran escalopes y cachopos a dos marcas. Ramón admite que nunca ha sido plenamente consciente del éxito: "Nunca me he creído nada". Ha ido tirando, sin parar, sin perspectiva, hasta pasar de dos personas a 24 trabajadores.

Ese crecimiento también le obligó a cambiar su liderazgo. Antes gritaba, fruto de la impotencia y el desconocimiento. Hoy defiende que el respeto es primordial para que la sala y la cocina funcionen.

Un estilo de gestión más humano

Cuando le preguntan si ahora lidera "a lo Guardiola", sonríe: "Ojalá tuviera el talante que tiene Guardiola". Se considera autodidacta, formado a base de golpes, viajes y aprendizaje constante. Aun así, reconoce que hay "flashbacks" del pasado que siguen doliendo y que no quiere volver a vivir. Por eso rechaza proyectos que no puede controlar: el miedo, dice, también es positivo.

Gestionar una lista de espera tan larga implica una responsabilidad enorme. Ramón insiste en que el cliente que espera dos meses merece un servicio impecable. Su equipo, casi al completo desde el inicio, comparte esa filosofía: buen ambiente, buen salario y participación en el proyecto.

Las críticas iniciales, reconoce, eran merecidas. Pero hoy presume de una puntuación de 4,6 con más de 5.800 reseñas. Y entre sus clientes hay cocineros, influencers y deportistas de élite. Muchos reservan por la web sin avisar, como el 'Monaguillo'. Otros llaman para pedir mesa por ser quienes son, pero Ramón defiende que hay que saber gestionar cada situación con talante.

Los futbolistas y el reconocimiento inesperado

Aunque muchas anécdotas no pueden contarse, sí admite que hay momentos que marcan: "Sin embargo, te llaman por tu nombre. Y quieras o no, ahí es cuando tú empiezas a decir 'hostia, si este tío se acuerda de mi nombre". Pero también sabe que su restaurante no es adecuado para jugadores como Fermín, Lamine Yamal o Cubarsí, porque no podrían comer tranquilos sin un reservado.

Ha pensado en crear un reservado, pero la inversión es enorme y la rentabilidad no llega de un día para otro. Su gestor, al que considera casi un padre, y un amigo fueron quienes lo salvaron cuando se metieron en la empresa sin saber si recuperarían el dinero.

Si mañana cerrara K‑Chopo, le gustaría que se recordara que puso todo de su parte para cambiar como persona. Que convirtió lo negativo en positivo. Que se levantó cada vez que cayó. Y que, pese a todo, mañana volverá a despertarse a las 6:30 para seguir trabajando.

Fuente original: www.sport.es →