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Opinión | Arrasate, un cambio necesario

Deja el Mallorca un grandísimo profesional y una mejor persona. Cuando en el verano de 2024 se hizo pública la contratación de Jagoba Arrasate fue unánime el aplauso por la decisión tomada por el club de fichar a un técnico contrastado y con un curriculum más que interesante.

Pero en las últimas semanas, o incluso meses -en definitiva, desde el inicio de la temporada-, se ha visto a un técnico superado por los acontecimientos. El equipo se le ha caído de las manos y, por los motivos que sean, no ha sabido encontrar una solución a los muchos males del colectivo que tenía a sus órdenes. En la emocionante rueda de prensa de ayer -no es habitual que la práctica totalidad de la plantilla acuda a la despedida de su entrenador-, Arrasate reconoció que se sentía “aliviado” por dejar el cargo tras el año que “peor” lo ha pasado como entrenador.

El técnico vasco tiene muchos motivos para justificar la mala temporada, con el equipo en descenso, muchos ajenos a su persona y más a las decisiones que se han tomado, o se han dejado de tomar, desde la cúpula del club, rácana desde el primer día en que Arrasate puso los pies en la isla. Jan Virgili, todavía verde por sus apenas 19 años, es el único fichaje que ha funcionado. Pablo Torre de momento es una gran decepción y Kumbulla pasa más tiempo en la enfermería que en el terreno de juego. Eso en verano. Lo del mercado de invierno tiene delito. Díaz, Ortells y compañía han tenido la suerte de contar con un entrenador discreto, con un hombre de club y con una educación infinita. Cualquier otro, y con razón, hubiera puesto el grito en el cielo por el descalabro de una gestión nefasta. El angoleño Luvumbo participó 45 minutos ante el Betis; contra el Celta no dispuso de ni un minuto, en un claro mensaje de Arrasate a Ortells.

Pero, con toda la pena del mundo, esto es un negocio, por momentos salvaje, y lo único que cuenta a final de temporada son los resultados. El equipo necesita un golpe de timón, que no necesariamente implica que vaya a mejor. Pero se ha de intentar porque la trayectoria de las últimas semanas no invitaba precisamente al optimismo. El juego es paupérrimo -el partido de Balaídos es el mejor ejemplo-, la defensa un coladero y el discurso del entrenador repetitivo, con una alarmante sensación de impotencia. Ahora mismo, da la impresión de que este grupo es incapaz de ganar a nadie, y menos el próximo sábado a una Real Sociedad en alza. En mayo se verá si el relevo en el banquillo ha sido acertado o no, pero a 24 de febrero el cambio parece necesario.

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